AVISO: éste es un relato de ficción. (Algún día explcaré por qué coloco este avio)
Hay cosas que uno vive y que nuca se olvidan. Son ésos momentos en los que algo dentro de ti queda marcado, como con un hierro candente, y esa marca permanece visible para el resto de tus días.
A veces queremos ocultarnos todas esas marcas que la vida, por el motivo que sea, ha querido que se queden ahí, recordándonos que no siempre las cosas son lo que parecen, ni lo que creemos que parecen. Dicen que cometer un error es dejarte llevar por una falsa evidencia, tomando por verdadero lo que no lo es. ¿Cuántas veces nos ha pasado algo así? A mi por lo menos, bastantes. Puede que en este momento no lo lleguéis a comprender. Es complicado si sólo nos quedamos con estos datos, pero os voy a contar algo que, a lo mejor, os lo facilita un poco. Me pasó hace ya algún tiempo, pero está marcado en lo más profundo de mis entrañas con un hierro candente. Mi nombre es Mónica.
Yo salía a trabajar, como cada noche. Limpiaba unos portales de la zona más noble de la ciudad. Lo tenía que hacer por las noches, porque la presidenta de una de estas comunidades de vecinos convenció a los demás de que lo mejor era que no se me viera hacerlo durante el día. “Cosas de burgueses”, pensaba yo.
La noche era especialmente tranquila. Era invierno, y hacía frío, por eso no había nadie que se atreviera a caminar por la calle en aquella oscuridad helada. Ya estaba llegando a la parada del autobús cuando tuve una sensación muy extraña. Algo dentro de mí me hizo sentir la necesidad de volver a mi casa, de no coger el autobús para ir a trabajar. Pero no podía seguir este impulso… debía ir a trabajar. El maldito frío se habría colado hasta mis entrañas y me habría puesto nerviosa… eso pensaba yo.
A lo lejos, la luz blanquecina que despedía el autobús se acercaba hasta la parada en la que, pacientemente, esperaba yo. Cuando llegó hasta mí abrió las puertas, movimiento acompañado por un chirriar molesto y desagradable. El conductor me saludó amablemente mientras me cobraba un viaje. Como de costumbre, los asientos estaban prácticamente vacíos. Las pocas caras de las personas que se encontraban en su interior me eran perfectamente conocidas. Nos saludamos en silencio, sosteniéndonos la mirada unos a otros, pero sin decirnos nada. El autobús ya estaba en marcha, y yo contemplaba las farolas despidiendo una luz anaranjada.
En una de las paradas, un hombre al que no había visto nunca se montó en el vehículo, pagó un viaje y caminó en busca de asiento. Tenía algo, no sabría decir qué, que hacía que no pudiera apartar la vista de él. Vestía un abrigo negro, como nuevo, dentro del cual se distinguía un traje oscuro, que aparentaba ser muy caro. Llevaba también unos zapatos negros y relucientes. Tendría unos cuarenta años, y era verdaderamente atractivo. Casi no pude fijarme en su mirada, pero parecía profunda, de esas que te arrastran hasta lo más hondo mientras las contemplas, sin poder apartar la vista… Lucía una corta melena, que le llegaría hasta los hombros, recogida en una coleta. Su pelo era oscuro, rizado.
Se sentó justo delante de mí. No podía dejar de mirar el reflejo de las lámparas del interior del autobús en su pelo. Tampoco podía dejar de preguntarme por su presencia… Nunca antes lo había visto, y eso era algo un tanto peculiar, pues no había mucha gente que tomara un autobús a esa hora, y mucho menos vestido con ropa de alto ejecutivo. Ése hombre ejercía un extraño influjo sobre mí, no podía apartar la vista de él, ni tampoco mis pensamientos. No negaré que, durante el resto del trayecto, antes de bajarme del vehículo (el cual era bastante largo), mis ideas vagaron entre la mera curiosidad y el deseo más profundo… Nunca creí que, simplemente mirando la espalda de un hombre, podría sentirme tan atraída por él como para que mis pensamientos se centrasen en las más escabrosas y morbosas ideas.
Por poco no me di cuenta de que había llegado a mi parada. Me levanté presurosa, mientras una voz grave me decía “Hasta luego”. Ni siquiera me volví, sabía que había sido él. Un escalofrío ciertamente agradable recorrió todo mi cuerpo. ¿Volvería a verlo? ¿Había hecho mal en no haber conversado con él dentro del autobús? Pensé que lo mejor era olvidarlo, no era cuestión de preocuparme tanto por un hombre al que, muy probablemente, no iba a volver a ver.
Aquel barrio de la zona noble de la ciudad estaba tan solitario como el mío, y el frío resultaba pesado como una losa de piedra, espeso y difícil de soportar, acompañado por un tremendo silencio. Ni un coche, ni un alma… Nada, solo yo con mis pensamientos.
El camino se me antojó eterno… En una esquina creí ver a una mujer. Caminé hacia allí y, efectivamente, una mujer mayor, acurrucada en el suelo, me miraba con aire de reproche, al tiempo que me decía “Ten mucho cuidado jovencita… Ten mucho cuidado”
¿Cuidado? Pensé que era una anciana desequilibrada, que simplemente estaba pagando conmigo vete a saber qué historias de su vida. Aunque me sorprendió que estuviera allí, en el suelo, en medio de la calle. Me dio bastante pena, y recordando que cerca de allí había una cafetería abierta hasta muy entrada la madrugada, decidí entrar un comprar un café para aquella mujer, así tendría algo caliente para soportar mejor el crudo frío de la calle. Total, por llegar un poco más tarde para limpiar aquellos portales de burgueses no iba a pasar nada. Cambié mi ruta para acercarme hasta la cafetería. Cuando iba a entrar, me fijé a través de los cristales que, dentro, sentado en una mesa, el hombre que había visto en el autobús me miraba sin pestañear. Ya no llevaba el abrigo, y pude adivinar un cuerpo fornido, robusto y fuerte. Ahora si pude fijarme en su mirada. Tal y como me había imaginado, era profunda e hipnotizante.
Cuando aparté mis ojos de los suyos comprobé que la cafetería estaba totalmente vacía. No había nadie más, sólo él. Ni en la barra, ni en las demás mesas había más clientes… Tampoco había camareros. No había nadie dentro, y la única luz que estaba encendida iluminaba directamente a aquel hombre tan extraño. Aquello me asustó, así que retrocedí sobre mis propios pasos, procurando evitar mirar atrás. Caminaba lo más deprisa que podía, escuchando el ritmo de mis pasos entre aquel silencio profundo y desesperante.
De pronto, una profunda sensación de presión en el pecho me hizo detenerme. Casi no me había alejado del local, y no pude reprimir mi deseo de mirar atrás… La cafetería estaba totalmente a oscuras, y no había ni rastro del desconocido. Respiraba con dificultad, sentía presión en el pecho… Estaba aterrorizada.
Cuando me di la vuelta para seguir caminando, sólo pude escuchar mi propia voz lanzando un grito angustioso. Allí estaba él, a escasos dos metros de mí, mirándome mientras me sonreía. Yo quería huir, pero algo me mantenía pegada al suelo, sin poder emprender el camino contrario a ese hombre. Se acercó a mí muy despacio. “No me tengas miedo… Mónica. Antes no te he asustado, ¿verdad?”
Llegó hasta pegarse a mi cuerpo. Desprendía un calor sofocante. Mientras yo era incapaz de escaparme de él, me abrazó, sujetándome fuertemente por la cintura. No fui capaz de decir nada, sólo lloraba desesperada… “Me parece que te he impresionado… ¿Crees que no sé que antes te has imaginado nuestros cuerpos sudorosos rozándose? ¿Crees que no sé que no has parado de pensar en cómo sería sentirme entre tus piernas mientras aguantas mis envestidas? ” No podía creerlo, quería escapar de allí como fuera. Un presión en mi vientre me hizo temer lo peor… “No lo niegues, me deseabas en lo más profundo de tus fantasías”.
No había nadie en la calle a quien pedir auxilio, tampoco era capaz de gritar… No podía moverme, y de mi garganta sólo brotaban sonidos que parecían susurros ahogados.
Entonces pude oír unos pasos suaves, mientras ese hombre me presionaba contra su cuerpo. Pude oír una voz de mujer, que nacía desde una silueta dibujada entre la penumbra de la calle. “Déjala, no es tuya”
En el mismo instante en el que cesó la voz de ésa mujer, el hombre que hasta hace un momento me retenía desapareció. No es que se marchase, es que se desvaneció en el aire, frente a mis propios ojos… En unas décimas de segundo se había desintegrado ante mí. Se lo había tragado la nada.
Sentí cómo me caía al suelo, mientras la vista se me nublaba y escuchaba una voz de mujer, que reconocí como la de la anciana que había encontrado momentos antes sentada en el suelo, diciendo “Te dije que tuvieras cuidado jovencita”
El siguiente recuerdo que tengo es el de un hombre joven, vestido con un uniforme de enfermero, con un chaleco reflectante que me decía que estuviera tranquila, que me había desmayado y que había pasado un buen rato tendida en el suelo. Me metieron en una ambulancia, diciendo que tenía hipotermia, y que todo lo que me había pasado había sido alguna especie de delirio provocado por mi desmayo. Pero no, yo sé que lo viví de verdad, porque aún puedo sentir esas manos reteniéndome, esa presión en el vientre, y esa mirada profunda manteniéndome petrificada.