Trisquel. Isabel Ilzarbe.











Pues sí, polémica por la campaña lanzada por el Valladolid C.B. La verdad, a mi me sorprende bastante que ésta imágen resulte polémica, pues desde mi humilde punto de vita, no se observa en ella ningún tipo de trato vejatorio hacia la mujer. Se ha defendido incluso que “Más que una novia, parece una profesional del sexo” (lo rebuscada que es la gente para no decir la palabra prostituta… Es lo que tiene ser políticamente correcto). Y eso que la ha diseñado una mujer; una mujer como yo, por lo visto, porque comparto que esta campaña es bastante inocente.

Sin embargo, nadie parece sentirse ofendido ante las nuevas campañas publicitarias, especialmente las que muestran las maravillas de todos aquellos productos de limpieza para el hogar, en las cuales los hombres salen muy mal parados, por ejemplo, teniendo que esuchar frses como “Has aprendido a usar la lavdora”.



Lo rimero sería explicar que una misma palabra puede tener varios sentidos: todo depende de la entonación que le damos mientras la decimos, del contexto en el que nos encontremos, de la persona a la que se la digamos… Partiendo desde este punto, podemos pensar que el lenguaje no es ni por asomo una ciencia exacta. No es medible ni maleable, y por tanto algunos se atreverían a decir que no son aplicables a él los parámetros de medida más o menos aceptados.

Así mismo, cada una de las palabras que escuchamos a lo largo de nuestras vidas tiene, en lo más profundo de nuestro ser, un significado único que nosotros les damos por millones de motivos diferentes. Seguro que no todo el mundo piensa en lo mismo cuando oye o lee la palabra chocolate. Las imágenes que se recrean en nuestra mente serán distintas a las que se formen en la mente de otra persona. Y todo ello con una palabra tan simple como chocolate; no digamos qué pasará si hacemos la pueba con palabras como libertad, paz, felicidad, amor…

Ahora que sabemos que el significado (más bien el sentido) de las palabras depende de múltiples variables, podemos empezar a pensar qué pasa si unimos varias palabras para contruir oraciones con sentido. Biene a suceder algo muy parecido: cada oración tendrá un sentido completamente diferente según quién sea el receptor.

Y después de esta pequeña introducción, que me ha serido para divagar un poco sobre el lenguaje y la comunicación humana (que en sí misma es un misterio), y sabiendo que las palabras pueden tner varios significados, varios sentidos; ¿Sucede algo parecido si lo aplicamos a la red de redes?

Internet se ha convertido en el gran medio de comunicación humana. Todo tipo de redes sociales encuentran su sede perfecta en Internet. Sin embargo, más que la palabra escrita, la comunicación a través de diferentes páginas web se lleva a cabo de una forma muy eficaz a través de imágenes o videos. Valga el ejemplo que pude observar en mayo, en un post de mi blog.

Aunque no hace tanto tiempo que empecé a publicar todo lo que escribía en un blog, y además de esta pequeña experiencia, he podido observar cómo un mismo cúmulo de palabras significa algo diferente para cada persona. Lo que más me sorprende es que, no sólo en aquellos textos en los que he intentado expresar mi opinión, o dar a conocer alguna noticia que he considerado interesante,  si no que me he encontrado sorpresas cuando se trataba de relatos, de historias de ficción.

¿Una misma palabra guarda diferentes significados aunque el contexto se entienda ficticio, irreal? ¿Puede algo que no es verdad resultar ofensivo e iriente hasta el punto de perder los estribos ante lo que acabas de leer? Sé que esto que os dgo es complicado, pero, simplemente, tomáoslo como una oportunidad para reflexinar.



{Julio 19, 2008}   El hombre del abrigo Negro

AVISO: éste es un relato de ficción. (Algún día explcaré por qué coloco este avio)

Hay cosas que uno vive y que nuca se olvidan. Son ésos momentos en los que algo dentro de ti queda marcado, como con un hierro candente, y esa marca permanece visible para el resto de tus días.

A veces queremos ocultarnos todas esas marcas que la vida, por el motivo que sea, ha querido que se queden ahí, recordándonos que no siempre las cosas son lo que parecen, ni lo que creemos que parecen. Dicen que cometer un error es dejarte llevar por una falsa evidencia, tomando por verdadero lo que no lo es. ¿Cuántas veces nos ha pasado algo así? A mi por lo menos, bastantes. Puede que en este momento no lo lleguéis a comprender. Es complicado si sólo nos quedamos con estos datos, pero os voy a contar algo que, a lo mejor, os lo facilita un poco. Me pasó hace ya algún tiempo, pero está marcado en lo más profundo de mis entrañas con un hierro candente. Mi nombre es Mónica.

Yo salía a trabajar, como cada noche. Limpiaba unos portales de la zona más noble de la ciudad. Lo tenía que hacer por las noches, porque la presidenta de una de estas comunidades de vecinos convenció a los demás de que lo mejor era que no se me viera hacerlo durante el día. “Cosas de burgueses”, pensaba yo.

La noche era especialmente tranquila. Era invierno, y hacía frío, por eso no había nadie que se atreviera a caminar por la calle en aquella oscuridad helada. Ya estaba llegando a la parada del autobús cuando tuve una sensación muy extraña. Algo dentro de mí me hizo sentir la necesidad de volver a mi casa, de no coger el autobús para ir a trabajar. Pero no podía seguir este impulso… debía ir a trabajar. El maldito frío se habría colado hasta mis entrañas y me habría puesto nerviosa… eso pensaba yo.

A lo lejos, la luz blanquecina que despedía el autobús se acercaba hasta la parada en la que, pacientemente, esperaba yo. Cuando llegó hasta mí abrió las puertas, movimiento acompañado por un chirriar molesto y desagradable. El conductor me saludó amablemente mientras me cobraba un viaje. Como de costumbre, los asientos estaban prácticamente vacíos. Las pocas caras de las personas que se encontraban en su interior me eran perfectamente conocidas. Nos saludamos en silencio, sosteniéndonos la mirada unos a otros, pero sin decirnos nada. El autobús ya estaba en marcha, y yo contemplaba las farolas despidiendo una luz anaranjada.

En una de las paradas, un hombre al que no había visto nunca se montó en el vehículo, pagó un viaje y caminó en busca de asiento. Tenía algo, no sabría decir qué, que hacía que no pudiera apartar la vista de él. Vestía un abrigo negro, como nuevo, dentro del cual se distinguía un traje oscuro, que aparentaba ser muy caro. Llevaba también unos zapatos negros y relucientes. Tendría unos cuarenta años, y era verdaderamente atractivo. Casi no pude fijarme en su mirada, pero parecía profunda, de esas que te arrastran hasta lo más hondo mientras las contemplas, sin poder apartar la vista… Lucía una corta melena, que le llegaría hasta los hombros, recogida en una coleta. Su pelo era oscuro, rizado.

Se sentó justo delante de mí. No podía dejar de mirar el reflejo de las lámparas del interior del autobús en su pelo. Tampoco podía dejar de preguntarme por su presencia… Nunca antes lo había visto, y eso era algo un tanto peculiar, pues no había mucha gente que tomara un autobús a esa hora, y mucho menos vestido con ropa de alto ejecutivo. Ése hombre ejercía un extraño influjo sobre mí, no podía apartar la vista de él, ni tampoco mis pensamientos. No negaré que, durante el resto del trayecto, antes de bajarme del vehículo (el cual era bastante largo), mis ideas vagaron entre la mera curiosidad y el deseo más profundo… Nunca creí que, simplemente mirando la espalda de un hombre, podría sentirme tan atraída por él como para que mis pensamientos se centrasen en las más escabrosas y morbosas ideas.

Por poco no me di cuenta de que había llegado a mi parada. Me levanté presurosa, mientras una voz grave me decía “Hasta luego”. Ni siquiera me volví, sabía que había sido él. Un escalofrío ciertamente agradable recorrió todo mi cuerpo. ¿Volvería a verlo? ¿Había hecho mal en no haber conversado con él dentro del autobús? Pensé que lo mejor era olvidarlo, no era cuestión de preocuparme tanto por un hombre al que, muy probablemente, no iba a volver a ver.

Aquel barrio de la zona noble de la ciudad estaba tan solitario como el mío, y el frío resultaba pesado como una losa de piedra, espeso y difícil de soportar, acompañado por un tremendo silencio. Ni un coche, ni un alma… Nada, solo yo con mis pensamientos.

El camino se me antojó eterno… En una esquina creí ver a una mujer. Caminé hacia allí y, efectivamente, una mujer mayor, acurrucada en el suelo, me miraba con aire de reproche, al tiempo que me decía “Ten mucho cuidado jovencita… Ten mucho cuidado”

¿Cuidado? Pensé que era una anciana desequilibrada, que simplemente estaba pagando conmigo vete a saber qué historias de su vida. Aunque me sorprendió que estuviera allí, en el suelo, en medio de la calle. Me dio bastante pena, y recordando que cerca de allí había una cafetería abierta hasta muy entrada la madrugada, decidí entrar un comprar un café para aquella mujer, así tendría algo caliente para soportar mejor el crudo frío de la calle. Total, por llegar un poco más tarde para limpiar aquellos portales de burgueses no iba a pasar nada. Cambié mi ruta para acercarme hasta la cafetería. Cuando iba a entrar, me fijé a través de los cristales que, dentro, sentado en una mesa, el hombre que había visto en el autobús me miraba sin pestañear. Ya no llevaba el abrigo, y pude adivinar un cuerpo fornido, robusto y fuerte. Ahora si pude fijarme en su mirada. Tal y como me había imaginado, era profunda e hipnotizante.

Cuando aparté mis ojos de los suyos comprobé que la cafetería estaba totalmente vacía. No había nadie más, sólo él. Ni en la barra, ni en las demás mesas había más clientes… Tampoco había camareros. No había nadie dentro, y la única luz que estaba encendida iluminaba directamente a aquel hombre tan extraño. Aquello me asustó, así que retrocedí sobre mis propios pasos, procurando evitar mirar atrás. Caminaba lo más deprisa que podía, escuchando el ritmo de mis pasos entre aquel silencio profundo y desesperante.

De pronto, una profunda sensación de presión en el pecho me hizo detenerme. Casi no me había alejado del local, y no pude reprimir mi deseo de mirar atrás… La cafetería estaba totalmente a oscuras, y no había ni rastro del desconocido. Respiraba con dificultad, sentía presión en el pecho… Estaba aterrorizada.

Cuando me di la vuelta para seguir caminando, sólo pude escuchar mi propia voz lanzando un grito angustioso. Allí estaba él, a escasos dos metros de mí, mirándome mientras me sonreía. Yo quería huir, pero algo me mantenía pegada al suelo, sin poder emprender el camino contrario a ese hombre. Se acercó a mí muy despacio. “No me tengas miedo… Mónica. Antes no te he asustado, ¿verdad?”
Llegó hasta pegarse a mi cuerpo. Desprendía un calor sofocante. Mientras yo era incapaz de escaparme de él, me abrazó, sujetándome fuertemente por la cintura. No fui capaz de decir nada, sólo lloraba desesperada… “Me parece que te he impresionado… ¿Crees que no sé que antes te has imaginado nuestros cuerpos sudorosos rozándose? ¿Crees que no sé que no has parado de pensar en cómo sería sentirme entre tus piernas mientras aguantas mis envestidas? ” No podía creerlo, quería escapar de allí como fuera. Un presión en mi vientre me hizo temer lo peor… “No lo niegues, me deseabas en lo más profundo de tus fantasías”.

No había nadie en la calle a quien pedir auxilio, tampoco era capaz de gritar… No podía moverme, y de mi garganta sólo brotaban sonidos que parecían susurros ahogados.

Entonces pude oír unos pasos suaves, mientras ese hombre me presionaba contra su cuerpo. Pude oír una voz de mujer, que nacía desde una silueta dibujada entre la penumbra de la calle. “Déjala, no es tuya”

En el mismo instante en el que cesó la voz de ésa mujer, el hombre que hasta hace un momento me retenía desapareció. No es que se marchase, es que se desvaneció en el aire, frente a mis propios ojos… En unas décimas de segundo se había desintegrado ante mí. Se lo había tragado la nada.

Sentí cómo me caía al suelo, mientras la vista se me nublaba y escuchaba una voz de mujer, que reconocí como la de la anciana que había encontrado momentos antes sentada en el suelo, diciendo “Te dije que tuvieras cuidado jovencita”

El siguiente recuerdo que tengo es el de un hombre joven, vestido con un uniforme de enfermero, con un chaleco reflectante que me decía que estuviera tranquila, que me había desmayado y que había pasado un buen rato tendida en el suelo. Me metieron en una ambulancia, diciendo que tenía hipotermia, y que todo lo que me había pasado había sido alguna especie de delirio provocado por mi desmayo. Pero no, yo sé que lo viví de verdad, porque aún puedo sentir esas manos reteniéndome, esa presión en el vientre, y esa mirada profunda manteniéndome petrificada.



(…) mientras entre sus pensamientos se paseaba la idea de la constante evolución de la realidad. Entonces vió que pensar y contar tus pensamientos estimulaba ésa misma evolución. Los relatos que nacerían de sus ideas podrían servir como el mejor estímulo para quienes lo necesitasen. Era cierto que todo evolucionaba, que cambiaba… Se dió cuenta de que la evolución no sería posible sin la intrvención de unas mentes formadas, independientes y capacitadas para pensar por sí mismas sin dejarse manejar por las ideas de otras personas. La formación de estas mentes podía parecer algo insignificante a simple vista, algo estrecho, como el canto de una moneda, pero encerraba el mayor ejemplo de arte.

Seguía caminando mientras sus pnsamientos rondaban ésta idea (…)

Continuando con el Meme III Encuentro de Edublogs que me lanza Maribel, aqui dejo mi pequeña aportación, esperando que mis victimas sigan colaborando.



etcétera