Carlos Chivite, de 52 años, ha fallecido después de permanecer ingresado en la UCI del Hospital de Navarra desde el pasado 1 de Marzo a causa de una hemorragia cerebral. El senador electo del PSN estaba casao y tenía dos hijas. Desde aqui, me gustaría mandarles a todos sus familiares, amigos y compañeros mi más sentido pésame. Pude queno compartiera, como ciudadana, algunas de sus opiniones, pero sólo le deseo que descanse en paz.
Hoy es un día gris, oscuro y triste, parece que va a llover. Yo, de pie, en medio de la calle, miro cómo escapan de la lluvia los demás seres humanos sin nombre que me acompañan mientras escucho a las ruedas de los coches cantar sobre el asfalto mojado.
¿Alguna vez os ha sorprendido la lluvia cuando no llevabais un paraguas? Seguro que sí. Si lo pensamos, esa lluvia que tanto nos molesta, nos puede servir para mucho. La lluvia se asocia a la tristeza; las gotitas que caen desde las entrañas de las nubes se asemejan a nuestras lágrimas. Nadie quiere que llueva, los días de lluvia son grises y tristes. Cuando nos caen encima las gotas de lluvia nos sentimos indefensos, débiles… Todo nuestro esquema de seres poderosos, de amos del mundo, del universo, de dominadores de Gaia se nos derrumba ante nuestros ojos. No somos más que unos seres diminutos que se están mojando, que sienten frío. Todo el mundo huye de la lluvia, la esquiva con mil artimañas. Pero, seamos humildes por una vez. ¿Qué sería de nosotros sin el elemento húmedo que cae del cielo?
Tememos al fuego, que es capaz de devorar en cuestión de minutos toda una vida, todos nuestros recuerdos. Es capaz de provocar que vuelvan a nosotros todas aquellas profecías sobre un averno ardiente, con olor a azufre y humo de carne quemada. El todopoderoso fuego es nuestro enemigo, y el agua lo combate. Esa agua, a veces molesta, puede arrancar la fuerza al elemento destructor.
Por supuesto, el agua también puede acabar con nosotros. Riadas, inundaciones, lluvias torrenciales, huracanes… Todo lo arrasa el agua. Ciudades enteras se han hundido y han desaparecido debajo del agua. La vida también puede apagarse bajo su horrible sello. ¿Alguien se imagina un final tan angustioso como éste? Todos lo hemos pensado, las catástrofes que provoca el agua son terribles, evocan un temor profundo.
El mar se traga las vidas de quienes, como dominadores absolutos de la naturaleza completa, osan penetrar sin su permiso en su infinito horizonte. Cualquier marino lo dice, la mar es traicionera.
Pero, hagamos un pequeño ejercicio de reflexión (pensar un poquito de vez en cuando no viene mal a nadie). Si tanto tememos al agua, porque es destructora e indomable, ¿por qué nuestras más bellas creencias giraban en torno al agua? Las lamias vivían junto a manantiales y ríos, en los que lavaban sus largos cabellos dorados; los celtas creían que el Más Allá estaba tras el océano, majestuoso antes sus ojos… Si nos remontamos aún más en las oscuras brumas del pasado, descubriremos que cualquier civilización, pequeña o inmensa, volátil o eterna, ha idolatrado ese fantástico y extraordinario elemento químico. El hombre de antaño amaba sus ríos, sus mares y manantiales. ¿En que momento de la historia la corrupción hizo mella en nuestras almas, consiguiendo que nos olvidásemos de lo más importante?
Somos unos asesinos. Condenamos al agua a sufrir nuestros vertidos, nuestras manchas putrefactas de fuel y desechos que despiden un insoportable hedor a insensibilidad, a inhumanidad. Matamos al elemento de la naturaleza que nos da la vida, que regala el preciado bien a todo ser que lo necesite. Somos pues los peores asesinos que jamás se hayan visto, y espero que no sean nunca contemplados.
El agua nos mata, pero nos regala el privilegio de seguir aquí. El agua nos mantiene sanos, impide que enfermemos, alivia nuestros cambios de temperatura, nos mantiene limpios… ¿Por qué entonces no la queremos?
Seamos todos sinceros, no hacemos caso al regalo de Gaia. Claro, es muy fácil decir que el agua se acaba, que hay que ahorrarla… Es muy fácil escudarse en la supuesta conciencia contra el cambio climático que un político, cuyo nombre prefiero no recordar, nos presentó en formato cinetaquillazo. Todo lo que sea fácil nos agrada. Pero, ¿qué pasa si se nos dice que habrá restricciones sobre el consumo del líquido elemento? Entonces no asustamos, entonces tomamos en serio las cifras que anuncian que nuestros embalses, fuentes hasta hace poco inagotables de agua, se están secando. ¿Qué importa si cada vez tienen menos agua?
Los embalses necesitan la lluvia. ¿Por qué entonces nos escondemos de ella? Tal vez nos haga sentir indefensos, seres diminutos que se mojan y sienten frío, puede que hunda nuestros esquemas como amos de universo en lo más profundo de la mar traicionera y el océano majestuoso. Puede, simplemente, que no sepamos reconocer, en plena era de la información, qué es lo verdaderamente importante cuando nos dan a elegir entre el agua y lucir nuestros modelitos de marca sin mojarnos.
Hoy es un día gris, oscuro y triste, parece que va a llover. Yo, de pie, en medio de la calle, miro cómo escapan de la lluvia los demás seres humanos sin nombre que me acompañan mientras escucho como las ruedas de los coches cantan sobre el asfalto mojado. Hoy llueve, y no tengo paraguas.
Esta pregunta lleva tiempo rondándome por la cabeza. No consigo comprender cómo es posible que este individuo gozase del privilegio de encontrarse en libertad cuando ya tenía unos precedentes muy claros de no ser el perfecto ciudadano.
¿Cómo puede un hombre que ha abusado de su propia hija y de otra menor de 9 años estar en libertad? Si ya es muy dificil llegar a entender que una persona cometa semejantes atrocidades contra unos seres indefensos y extremadamente vulnerables, seguro que es aún más complicado entender que este intento de “ser humano” pueda estar en la calle tras eludir dos condenas. Por supuesto, de esto se desprende el gran vacío del sistema judicial, pero eso es un aparte.
Y esuqe, además, hay que sumar el hecho de que acosó a una menor, de 13 años de edad, de Gijón. Con la niña contactó a través de cartas, en las cuales se hacía pasar por un menor. Tras aparecer en casa de la chica y ser rechazado por la misma, se matriculó en el mismo instituto que ella, en el cual se inpartían clases para adultos. Tras ercatarse de su presencia, la madre de la joven interpuso una demanda contra este hombre, que sólo dió como resultado una orden de alejamiento.
Con semejantes antecedentes, además de otros que se van conociendo poco a poco, ¿qué narices pintaba este “señor” en libertad? ¿No se pudo evitar lo sucedido con la pobre Mari Luz? El 13 de enero desapareció Mari Luz, pero este degenerado podría haber estado lejos de ella y de cualquier otra persona. Podría haberse evitado que esto sucediera. Si en el momento apropiado se hubiera hecho todo lo posible, ahora nadie tendría que sufrir por haber perdido algo tan sagrado como debe ser un hijo.
Ahora resulta que el sujeto padece esquizofrenia paranoide. Puede que sea la excusa perfecta, el camino hacia la “salvación” de un pederasta reconocido y confeso. Muy bien, que yo sepa, estos enfermos pueden ser ingresados en un centro especializado, de por vida incluso.
¿Qué nos pasa? ¿Vamos a quedarnos callados ante semejante desfachatez de nuestro maravilloso sistema judicial, propio del Estado del Bienestar? ¿Qué demonios hacen sujetos como este disfrutando de una libertad parecida a la mía o a la de cualquier persona?
Este relato no estará disponible en el Blog a partir del día 16 de Octubre de 2008. Disculpad las molestias.
Se acabaron los días pobres en inspiración. Bueno, tampoco fueron para tanto, pues al final logré escribir más de lo que esperaba. Lo que pasa es que últimamente he pasado unos días bajos de moral, y eso se nota también en las ganas de escribir (y en las malditas neuronas, que están especialmente cansadas). Ayer finalizó para mí este periodo de exámenes, llegó la tranquilidad… Y simplemente quería avisaros de que estaré unos días fuera, asi que el blog quedará un poco abandonado hasta que vuelva. Os aviso sobre todo a los que me visitais con más asiduidad.
Bueno, probablemente os cuente algo sobre mi viaje, o cuando vuelva os presente algunos nuevos relatos (eso llevo pidiéndole a mi cerebro desde ayer). También os quería desear unos felices días de descanso (a los que podais tomaros un descanso, claro… y si no podéis, que disfruteis igulamente, que ningún dia de nuestra vida se va a repetir y debemos saber aprobecharlos).
Muchos besos, y muchas gracias.
Hoy es 8 de marzo de 2008. Hoy nos toca reflexionar antes de acudir mañana a la cita que tenemos con las urnas. Mi voto está decidido, no necesito reflexionar sobre esto… Sin embargo, ya que “me piden” que reflexione, lo haré (para los que me conocéis, ya sabeis que no me cuesta demasiado).
¿Sobre qué se puede reflexionar en un día como hoy? Pues sobre muchas cosas. Primero de todo, sobre el atentado que ha acabado con la vida del ex-concejal del PSE Isaías Carrasco. No es la primera vez que lo digo: cualquier forma de violencia me parece una acción cobarde, vil, cruel y sin sentido. Pero mucho más si viene de manos de quienes, considerando que atienden a las peticiones de un pueblo que, estoy segura, mayoritariamente los repudia, acaban con las vidas de personas inocentes, indefensas; rompen familias y crean odio y dolor sin temblarles el pulso. ¿Qué clase de seres son capaces de tanta maldad? Casi era de esperar que actuasen en plena campaña; pero, yo pensaba que, a estas alturas, ya no iba a pasar nada, no iban a hacer nada… Sin embago, cada día me sorprende más la barbárie de estas personas.
Como respuesta, nos piden que acudamos de forma masiva a las urnas, aunque sea para votar en blanco. Esta petición se estiende muy especialmente al País Vasco, donde se ha instado a la ciudadanía a abstenerse. No tengo una opinión definida al respecto, por lo que no comentaré nada. Simplemente, animaré a votar, pues no debemos permitir que una pandilla de cobardes que no saben de diálogo o inteligencia nos fuercen a hacer nada.
Sobre el día de hoy, el de la Mujer Trabajadora, simplemente felicitar a todas la mujeres, sean trbajadoras, amas de casa (trabajadoras al fin y al cabo) o esudiantes. Felicidades a todas nosotras.
Me gustaría contaros una historia. Puede que no os guste, o que os encante; solo espero que no os deje indiferentes. La verdad, puede que éste sea uno de esos relatos con moraleja, porque al final lo que busco es advertiros de lo que os puede pasar si confiáis en quien no debéis hacerlo. Bien, claro, nos puede pasar a todos: conoces a alguien, parece buena persona, te llevas bien con él o ella… Todo parece ir bien hasta que un día descubres que te habías equivocado. ¿Quién de vosotros no ha tenido un amigo que ha contado todas vuestras intimidades por ahí? ¿Nadie a tenido una novia o un novio que ha acabado con vuestra integridad al decidir que no erais suficiente para él o ella? No seáis tímidos, podéis levantar la mano si queréis, nadie os está viendo en este momento… Claro, sé que es duro reconocerlo, pero nos ha pasado a todos… Como pasó con Miguel…
Miguel era un chico muy tímido. Casi nunca hablaba con nadie. En clase siempre había sido un apartado, nadie charlaba con él. Qué vergüenza; que te vieran junto a Miguel podía suponerte una condena muy dura. Siempre estaba sólo, se sentaba en los rincones más escondidos del instituto para que nadie lo encontrara y le dejasen tranquilo. Eso sí, nunca se defendió de los insultos que le dedicaban sus compañeros. ¿Para qué, si las consecuencias podrían ser peores? Eso sí, tenía unas ganas tremendas de que sus compañeros metieran la pata. Solo entonces podía reírse como los demás. Sabía que era enfermizo, que no debía hacer a los demás lo que llevaba padeciendo toda la vida. Pero no podía evitarlo, era su particular venganza.
Como siempre evitaba el contacto con otros compañeros, nunca se percató de que una chica, Julia, estaba en su misma situación. Un día, Cuando Miguel buscaba un lugar tranquilo donde esconderse del mundo en la hora que todos llamaban recreo (él prefería no llamara así, si no simplemente descanso) vio a una chica delgada, de pelo largo y negro, sentada en uno de sus rincones favoritos, con un libro en las manos. Sí, algunos lo habéis acertado a la primera, estaba viendo a Julia. Al principio el pobre Miguel no sabía como reaccionar… Quería hablarle, decirle algo, pero no se atrevía… ¿Y si se reía de él? Julia se percató de su presencia, le miró y le dijo “Hola, no nos conocemos, ¿no?”. “Pues creo que no” contestó Miguel, “¿Qué estás leyendo?”
Julia le respondió enseñándole las tapas del libro: El silencio de los corderos. Miguel le sonrió y dijo: “Yo vi la película”. Julia no pudo reprimir una carcajada. Sintiéndose invitado a sentarse junto a aquella chica que veía por primera vez en su vida, se acercó y empezó a conversar con ella.
Aquella tarde, se sintió extraño; era la primera vez en mucho tiempo que había mantenido una conversación con alguien. Julia era un año menor que él, pero le pareció una persona muy especial. Era simpática, agradable… Y no sentía asco o vergüenza por estar con él. Eso sí, al mismo tiempo pensaba que había algo extraño en ella, algo diferente… Podría ser simplemente que nunca la había visto, y por eso le resultaba diferente. Simplemente, pensó que no era necesario darle más vueltas al asunto. Simplemente, debía sentirse feliz.
Cada día se buscaban mutuamente, ambos se sentían bien juntos. Todo iba como la seda. Incluso había quienes decían que entre ellos había algo más que la pura amistad. Y no se equivocaban de camino. Cada día que pasaba alimentaba su complicidad, cada vez sus conversaciones eran más íntimas, hablaban más de sus sentimientos. Por fin, llegó el día que los dos estaban esperando, el día en el que podrían estar solos, lejos de la gente; el día en que podrían dar un paso más en su relación. Nunca habían dicho que eran novios, pero creo que en la concepción normal del camino que adoptó su relación, todos nos vamos a entender mejor si decimos que lo eran.
Esa tarde, quedaron en verse en casa de Miguel; sus padres estarían fuera y no volverían hasta el día siguiente. Julia estaba feliz, se sentía capaz de comerse el mundo. Sin embargo, Miguel no lo tenía tan claro… La simple idea le ponía nervioso, le temblaba el pulso, apenas podía hablar con normalidad… Sentía miedo. No, no penséis nada raro de él, dicen que es normal tener miedo cuando uno se enfrenta a su primera vez; eso dicen.
Todo el tiempo que estuvo esperando a Julia le pareció la eternidad que se posaba sobre sus hombres, aprisionando sus huesos y dificultándole la sencilla tarea de respirar. ¿Cómo iba a decirle a Julia que no estaba preparado? ¿Cómo iba a negarse ahora si llevaban semanas hablando sobre ello? Todo era demasiado duro para él. No sabía como afrontar que, en realidad le asustaba la idea de llegar hasta ese punto, ése mismo día… Llamaron al timbre. Sabía perfectamente que era ella…
Cuando abrió la puerta, se encontró a una Julia resplandeciente, se había arreglado para la ocasión. Por un momento, Miguel sintió que no debía temer nada, que aquello no era nada malo, que sólo estaba nervioso, nada más. Se saludaron y ambos fueron a la cocina para tomar algo. Tal vez así Miguel podría relajarse un poco más antes de continuar con sus planes. Estuvieron hablando, además de otras cosas, durante mucho rato, para que os hagáis una idea, más o menos pasó una hora. “Oye… ¿no te apetece que nos pongamos un poco más cómodos?” preguntó Julia. Sin apenas mediar palabra, los dos chicos subieron a una habitación. Allí comenzó el ansiado momento. Todo marchaba bien, los dos acabaron metidos en la cama. Pero, Miguel volvió a sentir una profunda punzada en el estómago, volvió a sentirse inseguro; no sabía qué hacer. Se quedó parado, sin poder mover ni un solo músculo de su cuerpo. “¿Qué te pasa?” “Es que… no sé muy bien como decirte esto” dudó, “No me siento capaz de continuar con esto”.
Julia se sintió mal. ¿Cómo que no podía? Le reclamó que precisamente habían quedado en su casa para eso, que no podía dejar el asunto así de fácil… Miguel no podía responderle, se sentía avergonzado, no comprendía qué le pasaba. Aún no alcanzaba a comprender por qué tenía miedo. De pronto, Julia desapareció de su vista. Mientras reaccionaba, todo se volvió oscuro, y sintió cómo caía al suelo.
Miguel abrió los ojos. Estaba atado a una silla, no podía moverse. En la boca tenía pegada una cinta que no le dejaba hablar, y a penas podía respirar. Delante de sus ojos, Julia le miraba con una sonrisa extraña. No parecía la misma, sus ojos estaban abiertos como si se fueran a salir de sus órbitas. A través de sus labios se podían distinguir prácticamente todos sus dientes… Miguel casi logra ver incluso un pequeño hilo de saliva blanca escapándose por las comisuras de los labios de la muchacha. Ésa no parecía su Julia…
“¿Sabes? Creía que tú siempre cumplías con tu palabra… Pero veo que no…” Dijo Julia entre carcajadas. “Me parece que tener miedo te sienta bien, cariño. Estás muy guapo, más que nunca. Espero que no te duela la cabeza… Por si aún no lo has supuesto, te he pegado. Lo siento, pero tenía que hacerlo. Te ha sangrado un poco, pero no pasa nada…” Miguel sintió un profundo terror recorriendo sus vísceras, una a una. Un tremendo nudo en el estómago le impedía cualquier intento de moverse. “Perdona, mi amor… a lo mejor tienes sed… ¡Qué desconsiderada!” Julia se acercó a él, con una tijera abrió un pequeño agujero en la cinta. Miguel sintió el corte en el labio. Julia se dio cuenta, y se excusó dándole un beso en la mejilla.
Entonces, Julia se marchó. Tardó unos minutos en volver. Cuando llegó, Miguel pudo distinguir en sus manos un embudo blanco, y una botella de friegasuelos. Quiso gritar, pero el hueco de la cinta que le tapaba la boca era demasiado pequeño y no se le oía, y estaba tan fuertemente sujeto a la silla que a penas pudo moverse.
Julia le miró, y entre carcajadas histéricas le colocó el embudo en el pequeño agujero que había abierto con la cinta. Sujetó la cabeza de Miguel, inclinándola hacia atrás. “Tranquilo, los cobardes como tú podéis soportar esto, aunque tengas miedo…”
Miguel sintió como si su boca, su garganta, su esófago y todo su estómago le ardieran. Todo su cuerpo comenzó a tambalearse mientras creía quemarse por dentro. Algunos capilares de sus sienes estallaron, llenándole la cara de sangre. Entre convulsiones, soltando una espesa espuma blanca por la boca, sintió que se marchaba, mientras Julia reía continuamente al contemplar su obra maestra. ¿Cómo se había atrevido a hacerle algo así a ella?
Este es un mal momento para intentar escribir nada… La verdad, no tengo ni ideas, ni ganas de escribir relatos, ni de continuar con algo que he empezado hace poco (por supuesto, también está relacionado con la expresión escrita…). Y esque, aunque tengo menos exámenes que en diciembre, me superan.
Sí, si… Tras el fiasco de notas que me llevé en diciembre, algunas de las asignaturas tendrán que esperar a los globales en Junio. Sólo me presento a Lenguaje. Sólo una maldita asignatura… Y además, con la que más disfruto (además de filosofía y, últimamente, economía). ¿Qué me puede preocupar? Lo pienso y la llevo bien, pero me preocupo por lo que me pueda pasar. Bueno, no es el único exámen que me preocupa.
La EOIDNA me queda un poco lejos de casa. Para llegar hasta allí tengo que montarme en dos autobuses urbanos, y poder así presentarme al exámen de recuperación del módulo 7 de Nivel Intermedio (hasta el curso pasado, Trecer curso del programa That’s English). Ése es el exámen que más me preocupa. Es el cuarto curso que intento aprovar inglés, y espero no fallarme a mí misma.
En fin, me despido ya, gracias por aguantar de vez en cuando post como este. Me ayuda saber que hay gente que se los lee, a pesar de no tener mucho sentigo.
Besos.



