En una ocasión anetrior, publiqué una leyenda a la que había dado un toque personal (Los regalos de la tierra). Me gusta reescribir las leyendas que conozco, pues, en ocasiones son relatdas de una manera demasiado fría, cuando hay relatos que merece un tono más cercano, más sentido. Espero que os guste. Es una leyenda que se cuenta en numeroso lugares del mundo. En este caso, me he basado en la versión que recoge Toti Martinez de Lezea en el libro Leyendas de Euskal Herría.
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Cuentan que hace mucho tiempo, en un pequeño pueblo, vivió un carbonero muy pobre. Este hombre maldecía su suerte por tener que trabajar duro, en un trabajo tan agotador y ganar tan poco dinero.
En efecto, ganaba poco, casi ni para comer.
Una noche de ventisca, mientras el carbonero estaba intentando calentarse junto al fuego, unos golpes en la puerta llamaron su atención.
- ¿Quién va? – pregunto desde dentro.
- Soy Dios. Te pido, hijo mío, que me dejes descansar en tu casa mientras dure la ventisca.
- No- contestó el hombre-. No pasarás a mi casa porque no eres justo. Permites que la gente trabajadora como yo no tenga a penas para poder comer y que los nobles y cortesanos vivan sin preocupaciones aprovechándose de las gentes humildes.
Se oyeron unos pasos que se alejaban. Entonces, el carbonero supo que Dios se había marchado. Pero, unos instantes después, volvieron a llamar a la puerta. El carbonero, muy enfadado pensado que Dios volvía a insistir para entrar en la casa, preguntó de nuevo.



