Llevaba horas escribiendo. Los ojos me lloraban y me picaban. Tanto tiempo frente a la pantalla del ordenador era demasiado para mí. Nunca me acostumbraré a ese destello, esos colores… Odio los ordenadores. Me parecen un invento absurdo, simpre he trabajado con mi Olivetti. La Olivetti que me regaló mi madre cuando le dije que quería ser escritora, que amaba escribir.
Aún recuerdo aquella tarde. Me miró a los ojos, muy enfadada, y me dijo: “Cada día tienes ideas más estúpidas, ¿Cómo vas a dedicarte a eso?”. Nunca había tenido una discusión tan fuerte con ella. Me quedé muy mal, no consegí dormir en toda la noche. Pensé que no me comprendía, que ella nunca había sentido la llamada de la creatividad. ¿Cómo iba a sentirla? Vivía en los años en los que mi padre falleció devorado por la enfermedad. No había conseguido avanzar, nunca tubo fuerzas para intentar vivir de nuevo. Se había matado a trabajar con mis tíos en la tienda. Nunca había buscado más allá…
A la mañana siguiente, me levanté muy tarde. Sobre la mesa de la cocina me encontré una caja enorme. Estaba envuelta en papel de periódico. Encima, había un sobre cerrado. Miré el sobre con curiosidad. Lo abrí con mucho cuidado, no quería romperlo. Dentr había un pequeño papel escrito por mi madre. Esa letra estilizada, un poco torcida hacia la derecha… Era inconfundible. Lo leí un par de veces. Me imaginaba lo que había dentro de la caja, pero no quería hecrlo. Rompí el papel de los periódicos con ansia, abri la caja… Allí dejada entre un montón de tiras de papel, había una máquina de escribir guardada en una funda verde oscuro. La saqué, la miré y la acaricié hasta más no poder. Sentía cada una de sus teclas, escuchaba su sonido con la boca abierta. Me parecía la música más bella que había oído nunca; y me sigue pareciendo la más hermosa. No podía creermelo: ahora podría escribir más rápido, pero tendría que coger práctica, las primeras palabras que escribí me parecieron durar troda la vida.
La vieja Olivetti me sigue acompañando, y me acompañará el resto de mis días. Pero, bueno, ya se sabe, renovarse o morir… O eso dicen.
En la nota que mi madre me había escrito ponía: “Nunca dejes de soñar. Persigue siempre a tus ilusiones, no dejes que se escapen.” Eso es lo que hago desde entonces. Y lo que haré siempre.



