Trisquel. Isabel Ilzarbe.











{Noviembre 15, 2007}   Una pequeña historia

Llevaba horas escribiendo. Los ojos me lloraban y me picaban. Tanto tiempo frente a la pantalla del ordenador era demasiado para mí. Nunca me acostumbraré a ese destello, esos colores… Odio los ordenadores. Me parecen un invento absurdo, simpre he trabajado con mi Olivetti. La Olivetti que me regaló mi madre cuando le dije que quería ser escritora, que amaba escribir.

 

Aún recuerdo aquella tarde. Me miró a los ojos, muy enfadada, y me dijo: “Cada día tienes ideas más estúpidas, ¿Cómo vas a dedicarte a eso?”. Nunca había tenido una discusión tan fuerte con ella. Me quedé muy mal, no consegí dormir en toda la noche. Pensé que no me comprendía, que ella nunca había sentido la llamada de la creatividad. ¿Cómo iba a sentirla? Vivía en los años en los que mi padre falleció devorado por la enfermedad. No había conseguido avanzar, nunca tubo fuerzas para intentar vivir de nuevo. Se había matado a trabajar con mis tíos en la tienda. Nunca había buscado más allá…

 

A la mañana siguiente, me levanté muy tarde. Sobre la mesa de la cocina me encontré una caja enorme. Estaba envuelta en papel de periódico. Encima, había un sobre cerrado. Miré el sobre con curiosidad. Lo abrí con mucho cuidado, no quería romperlo. Dentr había un pequeño papel escrito por mi madre. Esa letra estilizada, un poco torcida hacia la derecha… Era inconfundible. Lo leí un par de veces. Me imaginaba lo que había dentro de la caja, pero no quería hecrlo. Rompí el papel de los periódicos con ansia, abri la caja… Allí dejada entre un montón de tiras de papel, había una máquina de escribir guardada en una funda verde oscuro. La saqué, la miré y la acaricié hasta más no poder. Sentía cada una de sus teclas, escuchaba su sonido con la boca abierta. Me parecía la música más bella que había oído nunca; y me sigue pareciendo la más hermosa. No podía creermelo: ahora podría escribir más rápido, pero tendría que coger práctica, las primeras palabras que escribí me parecieron durar troda la vida.

 

La vieja Olivetti me sigue acompañando, y me acompañará el resto de mis días. Pero, bueno, ya se sabe, renovarse o morir… O eso dicen.

 

En la nota que mi madre me había escrito ponía: “Nunca dejes de soñar. Persigue siempre a tus ilusiones, no dejes que se escapen.” Eso es lo que hago desde entonces. Y lo que haré siempre.



{Noviembre 15, 2007}   Cinco Minutos

Cinco minutos: ese es el tiempo que debían permanecer apagadas las luces para promover la lucha contra el cambio climático. Me voy a permitir una comparació que no sé cómo va a sentar a algunas personas. Cuando se acerca la Navidad, proliferan las campañas publicitarias que anuncian pryactos de diversas ONG; todas las cadenas se vuelcan con todo tipo de fundaciones apelando al “espíritu navideño”. Todos somas más solidarios, a todo el mundo le importan el hambre, la pobreza, la guerra, la vida de los niños soldado, el sida… Todo el mundo apoya todo, todo el mundo está comprometido, no con la causa, si no con todas las causas. Pero, tras la navidades, nadie recuerda los rotros de los enfermos de sida de áfrica, de los niños explotados en las fábricas de textil, de quienes pasan habre, ni de nada.
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{Noviembre 15, 2007}   Nueva reflexión

Acabo de recordar ciertos puntos que he estado resumiendo, he de decir además que pertenecen a la asignatura de Filosofía, a la cual me estoy aficionando cada vez más (lo mismo que me encariñe con la Psicología mientras estudiaba FP). Me es estoy dando cuenta de cada vez somos más fríos con los demás, pero también lo somos con nosotros mismos.

Por ejemplo, muchos estudiantes se ven en cuarto curso de ESO y piensan, ¿qué hago ahora? Muchas veces, he visto a jóvenes prematricularse en un ciclo de Formación Profesional cuando, tras la excusa de que de ahí sales mejor colocado para trabajar, preferían estudiar Bachiller para poder acceder a una licenciatura. También he de admitir que me pasó lo mismo, y es duro pensar que éso, no tegusta, que preferirías estar en otro sitio, estudiando otras cosas… Que no es tu camino. Otro ejemplo, cuando alguien nos habla de sus ilusiones, si vemos que alcanzarlas supone una gran dificultad, si supone, desde nuestro punto de vista, atravesar un camino lleno de obstáculos, en lugar de apoyarle y animarle para que lo siga, nos limitamos a “reconducirle” por el camino de la facilidad. No nos gusta enfrentarnos a la dificultad, y no queremos que nadie se enfrente a ella. Sin embargo, si reflexionásemos más, podríamos ver que detrás de cada momento duro, de cada error, de cada obstáculo en el camino, está la felicidad, la alegría de haber aprendido a superar esos problemas. El camino no siempre está oscuro, pero hay que saber recorrerlo para poder ver la luz.

Y más ejemplos, hoy me he dado cuenta de que, en el fondo de los datos estadísticos, somo un mero número. Nada más. Cuando te apuntas a un curso, cuando participas en algún certámen artístico… Hagas lo que hagas, no eres una persona, eres un número más de la lista. Una vez leí un relato de ciencia-ficción (el cual me encantó) en el cual cada persona llevaba un código de barras en la nuca. Cada vez que quería entrar en cualquier lugar, incluida su casa, debía pasar su cuello por un lector. No sé, a veces me siento así… Puede que parezca algo retorcido, pero nos acercamos a algo parecido.
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etcétera