Este relato dejará de estar disponible en el blog desde el día 24 de octubre de 2008. Disculpad las molestias
LOS REGALOS DE LA TIERRA
Leyenda vasca recogida por Toti Martinez de Lezea bajo el título Eguzkilorea en el libro Leyendas de Euskal herría. Simplemete le he dado un toque personal. Me gusta hacerlo de vez en cuando. En mi opinión, hay leyendas que son contadas de una forma demasiado fría y requieren un poco más de sentimiento.
Al principio todas las cosas estaban sumidas en la oscuridad. Los hombres vivían inmersos en esa negrura, pero no estaban solos: genios, duendes y seres malignos los rodeaban.
Los seres humanos se sentían muy mal, tenían miedo, puesto que esa noche infinita no les permitía ver a los seres que se acercaban a ellos. Los genios se aprovechaban de esta situación para asustar a los indefensos humanos; los duendes que habitaban entre la maleza se acercaban a los humanos para burlarse de ellos y los espíritus malignos les robaban y asustaban constantemente.
El malestar, palpable incluso para el alma tierna de un niño que acabase de empezar su caminar por la vida, llevó a todos los hombres y mujeres que habitaban el mundo para buscar una solución.
Nadie sabía como solucionar el gran problema, hasta que un hombre muy mayor dijo:
- Debemos acudir a la Madre Tierra, ella creó este mundo y ella sabe cómo hacer que los genios y seres malignos que nos acechan nos dejen tranquilos.
A todos los presentes les pareció buena idea, así que invocaron al espíritu de la Madre Tierra.
- Madre Tierra, los humanos necesitamos tu ayuda urgentemente. Los seres malignos que comparten la tierra que nos has dado como hogar nos persiguen y molestan. Estamos muy asustados, tenemos mucho miedo de que nos hagan daño aprovechando la negrura en la que vivimos.
- Hijos míos, os daré una luz blanca y pura, brillará en el cielo para protegeros de la negrura. Con ella podréis ver quién se acerca a vosotros, aunque tendréis que estar muy atentos, pues no os protegerá del todo; será débil, pero en sus días de mayor esplendor os permitirá ver con claridad. Esa luz se llamará Luna.
Los hombres marcharon del lugar. Todos durmieron, y al despertar, vieron en el cielo una luz blanca, limpia pero tenue. Al principio tuvieron miedo, pero recordaron las palabras de la Madre y su ánimo se calmó.
Durante unas jornadas, los hombres vivieron tranquilos sin la presencia de genios ni duendes, sin sentir el temor de saberse observados por los espíritus malignos. Pero su dicha tuvo un fin, pues los seres malignos pronto se acostumbraron a la blanca y mortecina luz de la luna y volvieron junto a los hombres con nuevas tretas y trampas que les permitían pasar desapercibidos.
Nuevamente, los hombres acudieron a la Madre Tierra para pedirle auxilio.
- Madre Tierra, te estamos muy agradecidos por la blanca luz de la luna, pero no podemos combatir a los seres malignos que nos acechan. Su luz no les da miedo alguno y han vuelto de sus escondites para atemorizarnos de nuevo. Necesitamos tu ayuda …
- Si lo necesitáis, os daré una esfera de luz fuerte, viva… Será tan tenaz como el fuego que encendéis en vuestras casas para calentaros, pues resplandecerá como millones de llamas ambientas de leña nueva. Se llamará sol. Pero no podrá iluminaros todo el tiempo, puesto que como fuego que es deberá descansar para no consumirse y dejar sólo cenizas. El periodo en el que brillará el sol se llamará día, y la luna iluminará la noche.
Los hombres volvieron a sus casas para descansar y esperar a que apareciera esa esfera de fuego que la Madre Tierra les había prometido.
Todos se despertaron al sentir una luz fuerte y cegadora en sus caras. Se asustaron, no querían salir de sus casas, no comprendían qué era lo que la madre tierra había creado para ellos… Pronto decidieron confiar an la creadora del mundo y salieron para ver el sol. Era como la madre tierra lo había descrito; era una bola de llamas brillante que calentó la tierra y permitió a los humanos ver las formas y los colores con total nitidez, tal y como nunca habían podido ver. Las tinieblas que habían oscurecido la tierra habían desaparecido, las plantas y árboles se alzaron en pie con fuerza para acercarse a la luz solar y recibir su calor.
Los genios y seres malignos tuvieron miedo, se escondieron en lo más profundo de simas y grutas para refugiarse en la oscuridad. Después de un largo rato, se dieron cuenta de que la luz cegadora de esa esfera llameante se había ido, que la frágil luna estaba en el cielo… Que la oscuridad de la noche había vuelto. Estaban furiosos por haber tenido que esconderse en los más profundo del mundo para evitar la luz del sol y decidieron vengarse de los humanos siendo más agresivos que nunca con ellos.
Pasaron días y noches. Los hombres recibían felices la llegada del día y del sol, pero temían a la noche, tenían un miedo enfermizo a la llegada de la luna porque sabían que los seres del mal estaban esperando ansiosamente su llegada para poder salir de sus escondites diurnos y así poder martirizarles.
Muchas jornadas en esta situación pasaron antes de que decidieran volver a invocar a la Madre Tierra para reclamarle su ayuda.
- Hijos, os he dado la luz blanca de la luna y el resplandor cálido del fuego del sol. Ahora, ¿qué más venís a pedirme a mí si os he dado todo lo que necesitáis? ¿Acaso mis regalos no os hacen felices? ¿No os sentís arropados con las luces que he colgado en el cielo para vosotros?
- Madre, te damos las gracias por el sol, pero la luz de la luna es demasiado débil, no nos protege contra las agresiones que tenemos que soportar noche tras noche. Necesitamos algo que espante a nuestros enemigos.
- No debería ayudaros, pero no puedo dejaros solos ante estos peligros. Por ello os voy a dar algo, pero va a ser mucho más sencillo que mis anteriores regalos. Os daré una flor que por las mañanas buscará al sol y por las noches os protegerá contra genios y duendes. No os dará luz, pero su forma y color recordarán a las del sol. Se llamará girasol y deberéis plantarlo cerca de las puertas de vuestras casas. Debéis apreciar este regalo, pues es el último que os voy a hacer en mucho tiempo. Sólo os pediré a cambio que me cuidéis, que me queráis como queréis a vuestros hijos, o a vuestros padres.
Los humanos prometieron que le cuidarían y protegerían a cambio de esa flor maravillosa que les había prometido.
Y así, la tierra les dio este último regalo. Los hombres siguieron todas las instrucciones de la Madre Tierra. Los genios y duendes de la noche evitaban las casas en las que encontraban girasoles, puesto que les deban miedo.
Sin embargo, el hombre se olvidó de su promesa. Con el paso del tiempo, de generación en generación, olvidó la deuda que tenía con la Madre Tierra, dejándola débil y malherida.



