Este relato puede que os resulte conocido a los que me habríais conocido en el anterior blog. Para los que no lo hayais leído, aquí teneis el primer relato que publico.
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El día había terminado. Otro día más, igual que todos los anteriores había llegado a su fin y Marta debía regresar a su casa para descansar y volver a reproducir la misma canción de siempre, la de todos y cada uno de los días que parecían repetirse una y otra vez desde que comenzó a trabajar.
La noche era demasiado fría. La espesa niebla, que apenas dejaba ver más allá de diez pasos, se colaba por cada rincón del cuerpo de los incautos que se atrevían a pasear en esas condiciones, helándoles los huesos, entrando casi hasta la más profunda cavidad del alma.
El silencio era espeso y pesado, desagradable. Marta podía escuchar sus pasos como si se tratasen de los de un ejército dirigiéndose al campo de batalla. Escuchaba su respiración, y casi podía sentir los latidos de su corazón marcar cada uno de sus movimientos como un compás repetitivo. La atmósfera le estaba poniendo muy nerviosa.
Nadie parecía cruzarse con ella en ese camino, tan transitado otros días de labor por gentes que regresaban a casa después de un largo y pesado día. Otro largo día, igual que el anterior. Otro día haciendo las mismas cosas, viendo las mismas caras de pesadez en todas las personas que, como ella, recorrían ese camino todos los días antes del nacimiento de un nuevo sol; y que volvían a hacerlo después del ocaso.
Para su sorpresa, esa no era una de esas noches. Ni siquiera oía los pasos de otra persona, aunque fuera en la lejanía.
Cada vez quedaba menos para llegar a casa, pero la bruma no dejaba distinguir con claridad el camino. De pronto, algo sobresaltó a la joven. Un ruido, como de una puerta cerrándose la sobresaltó. Se quedó quieta, atenta a cada sonido que pudiera percibir entre semejante silencio. Sentía como se aceleraba su respiración, cómo el compás marcado por sus latidos era ahora mucho más rápido; sentía incluso cómo la sangre recorría de forma frenética todo su cuerpo.
Nada. Simplemente nada. Ningún paso, ninguna voz en la espesura anaranjada de la niebla de ciudad. No consiguió tampoco distinguir ninguna sombra moverse en aquella calle que aún podía distinguir un poco mejor que el resto.
Intentó calmarse y continuar su camino. Después de todo, no sería más que una persona entrando en su casa, a la que seguramente no habría visto mientras estaba inmersa en sus pensamientos.
Unos metros mas adelante, algo la obligó de nuevo a detenerse y disparó una descarga de adrenalina dentro de su interior. Una silueta estaba frente a ella, a escasos metros. Inmóvil, aquella sombra parecía mirarle fijamente. Aunque no logró distinguir rostro alguno, sabía que eso la miraba. Estaba vestido con una especie de hábito hasta el suelo, con una capucha.
Decidió tomar otro camino de forma muy disimulada, como si no se hubiera percatado de aquello. Caminó mirando al suelo, avanzó por una calle estrecha hasta que tuvo que volver a detenerse. Allí estaba de nuevo. Otra vez le estaba mirando esa silueta. ¿Qué debía hacer? No podía creérselo; otra vez se topaba con aquella extraña figura.
Sin dudarlo, Marta echó a correr como alma que lleva el diablo. Ya ni siquiera recordaba por donde había pasado en su apresurada huída. Paró para recuperar el aliento. Miró a su alrededor para reconocer el lugar en el que había parado. Se pegó a la pared y escrutó con la mirada cada rincón, cada parte oscura que la niebla dejaba entrever. No había ni rastro de aquello. Se sentó un momento en el suelo, diciéndose a sí misma que ya había pasado todo, intentando por todos los medios relajarse y recuperar el aliento.
Pasado un rato, se levantó y decidió seguir su camino para volver a casa. No se sentía segura, recorría las calles mirando a su alrededor en busca de esa figura. Aquello le había calado hondo; esa silueta extraña se había quedado grabada en su retina, repitiéndose una y otra vez como un fotograma antiguo dentro de su mente.
Por fin llegó a su portal. Respiró tranquila. Abrió con la misma dificultad de siempre la pesada puerta de madera que le llevaría hasta las escaleras; las mismas escaleras que bajaba y subía cada día. Las subió despacio, casi disfrutando esa sensación de seguridad que acababa de recobrar.
Sin embargo, esa agradable sensación duraría muy poco, pues sintió un aire gélido en su nuca. Un aire que le recordaba a la niebla que ya había dejado atrás. Marta comenzó a temblar, no quería darse la vuelta, tenía miedo de encontrarse con… aquello. Estaba paralizada, no podía mover un solo músculo. Por fin, en un acto instintivo se volvió intentando conocer la procedencia de la brisa helada.
Nada, simplemente los escalones que había dejado atrás.
Intentó respirar hondo, cerrar los ojos y calmarse. Seguramente sólo era viento, que se había colado desde la puerta de entrada. Continuó subiendo, pero esta vez dándose prisa, sin disfrutar de la antigua sensación de seguridad.
Por fin, en unos segundos que parecían haber sido eternos, llegó a la puerta de su piso. Metió la llave en la cerradura y se dispuso a entrar en casa. Pero… ¡No podía ser cierto! Ese aire, esos aguijonazos en la nuca… No se giró, simplemente entró en casa y cerró la puerta de golpe, queriendo dejar atrás aquello; creyendo que así no la podría seguir más…
Corrió hacia su habitación. Cerró la puerta rápidamente y colocó una silla haciendo tope. Era su trinchera, así podría defenderse… Pero… ¿de qué?
Pasó mucho rato sentada en el borde de la cama, mirando fijamente la improvisada muralla defensiva que había colocado entre ella y el resto de la casa. Ni siquiera se había quitado el abrigo, solo miraba la puerta mientras sentía de nuevo la sangre correr por sus venas, escuchando el ritmo frenético de su corazón. Nada; solo silencio. Dejándose caer en la cama, decidida a olvidar todo aquello, comenzó a soltarse el abrigo de paño. Se levantó y lo colgó en una percha. Fue quitándose la ropa para ponerse su pijama. No había cenado, pero ya no tenía hambre. Todas aquellas extrañas emociones le habían quitado totalmente las ganas de comer nada; solo quería descansar y olvidar
todo lo sucedido. Por fin decidió meterse en la cama e intentar descansar, anhelando el momento de levantarse para comenzar un día como los demás, volver a ver las caras de pesadez que esa noche le habían fallado y regresar después del ocaso, haciendo el mismo recorrido de siempre.
Llevaba un rato en la cama, incluso se había introducido en el limbo que separa el sueño y la actividad, cuando un ruido hizo que se incorporase en la cama. Parecía que alguien intentaba abrir la puerta; escuchó con atención y, entre la falsa oscuridad de su habitación, pudo distinguir el movimiento suave de la manilla. Asustada, presenció los esfuerzos de alguien que desde fuera intentaba entrar en su habitación. Los golpes eran cada vez más fuertes, más rabiosos. Pronto, el desconocido paró de golpear la puerta y de intentar, a la fuerza, abrirla. Marta temblaba, hervía por dentro el deseo de escapar de allí; pero ¿cómo escapar, si la única vía de acceso estaba bloqueada? Algo iba mal, su paz se había visto interrumpida.
Un fuerte aire hizo que sus mejillas perdieran temperatura, toda la habitación quedó helada, sumergida en un espeso silencio, como el de la niebla exterior. Se oyó una campanilla, tal vez un cascabel. En unas décimas de segundo, la silueta vestida con un hábito cruzó la puerta; atravesó la madera y la silla y avanzó lentamente hacia la cama.
Entonces, Marta se dio cuenta de que eso no caminaba, ¡no tenía pies! Sólo se deslizaba levitando hacia ella, con los brazos extendidos. Quería escapar, pero una fuerza invisible le mantenía pegada a la cama; no podía mover un solo músculo por mayores que eran sus esfuerzos para liberarse y huir.
Justo en el momento en el que la figura iba a tocarle, se desvaneció en el aire. No quedó nada de la visita, ni un rastro de la silueta que le había perseguido hasta su casa. Simplemente nada. La temperatura volvió a ascender y el silencio que había envuelto la estancia había dado paso al común ruido de los coches que estaban en el exterior.
¿Qué debía hacer? ¿Salir de casa? ¿Quedarse esperando a que volviera eso? Tal vez no volviese. Trató de relajarse. Sabía que no iba a poder dormir, pero al menos todo había pasado.
Estuvo despierta hasta que sonó el despertador, La noche había sido tranquila después de la inoportuna visita. Por eso, armándose de valor, decidió apartar de la puerta la silla que le había servido de trinchera. Asomó tímidamente la cabeza para ver el pasillo. Todo parecía tranquilo. Recorrió lentamente la casa, regodeándose en la calma que reinaba allí.
Viendo que ciertamente todo había pasado, se metió en el baño para asearse antes de comenzar un día como los demás cuando, al mirar al espejo, quedó horrorizada.
Allí, escrito con algo que parecía sangre, se podía leer:
La vida es algo más que la repetición constante de unva vieja canción. ¿Necesitas más pruebas?



